Curiosamente tarde o temprano debía suceder. ¿Qué sentido tenía?

 

Ante el hecho aparentemente simple de colgar ropa sobre una cuerda existían las más diversas opiniones, desde la indiferencia a la indignación.

 

La exclusiva “Casa Vinyar” había cambiado su nombre por el que popularmente todos la llamaban… “La casa de la ropa tendida”

El señor Vinyar hacía años desarrollaba su rutina de tender ropa desmesuradamente por los lugares más curiosos de la finca y todas las tardes cruzaba a la acera de enfrente a contemplarla.

 

Evidentemente parecía una manía, pero el señor Vinyar era una persona amable, sencilla, que participaba de la conversación con un tono suave y educado y dispuesto a ayudar a quien se lo pidiera, algo alejado de lo que uno piensa “puede ser un loco o un maniático”. Al señor Vinyar, se le iluminaba la mirada cuando revelaba la belleza que veía en las formas de la ropa tendida.

Al verlo encaramado en algún lugar peligroso, dispuesto a crear una nueva posibilidad de colgar más ropa, la gente le preguntaba por qué lo hacía, entonces él, movía la cabeza y respondía con un gesto tranquilo con la mano… de “ya se lo explicaré” cosa que no llegaba nunca.

 

El señor Vinyar caminaba por un sendero cierto para él, e incierto para los demás ¿Qué sutiles formas se dibujaban en ese cuadro? ¿Qué energía lo movía a tener esa tarea? ¿Qué lágrimas corrían hacia él?

 

Un día, un  expediente de ciento ochenta y dos hojas llegó de la mano de un empleado de algún juzgado. Una sentencia equilibrada y ciega ordenaba la retirada de todos los cordeles, tenía veinte días hábiles para cumplir con el dictamen.

 

Algunos vecinos de aquel barrio respetable, ordenado y pulcro, lo habían denunciado “ante el desagradable aspecto que presentaba “esa bonita pieza arquitectónica” envuelta en cordeles con ropa tendida”.

 

Diecisiete días después, sin sospechar el final, el señor Vinyar cumplió con la rutina de salir de su casa, cruzar a la acera de enfrente y comenzar a disfrutar de la ropa tendida esa mañana.

 

Pocas horas después, un médico de primeros auxilios y un forense, que un día más tarde, le practicó la autopsia, dictaminaron que debido a un paro cardíaco dejaba de ser “el señor Vinyar” y pasaba  a ser de acuerdo a la ley “el difunto señor Vinyar”.

Seis años después, cuando la historia del “difunto señor Vinyar” era una anécdota, un heredero, un oficial de un juzgado y un cerrajero entraron en la casa que aún permanecía con toda la ropa tendida. Por dentro era elegante y austera  y en la primera planta estaba el taller del “difunto señor Vinyar”. Compartían la habitación, una cama, libros, unos rincones con ropa de distintos colores amontonada y un escritorio desordenado, nada tenía un valor estimable, escribió el oficial del juzgado, que abriendo los cajones del escritorio se encontró con un sobre que en su interior contenía un papel reseco, casi amarillento, escrito con una letra trabajosa y dibujada.

 

  - Con una actitud mansa y humilde, esa ropa vieja y desahuciada me ha ayudado a crear la belleza del sonido cuando el viento le hace cosquillas a su tejido, a conocer el ritmo que crea al golpear en las paredes, a ver los colores que nacen cuando el sol juega con la ropa y cuando danzan con las nubes y la luna-.

 

¿Mis motivos? Si me lo impiden ¿Qué sentido tiene que continúe?

-No se culpe a nadie de mi muerte-.

-“¿Dónde está el sueño de ese sueño? De esa lágrima que corre a buscarte”.-

 

 

Jorge Salinas

 

 

 

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